Y así nos encontrábamos. Yo atada a una silla, amordazada y llena de rabia. Silvia atada, amordazada y petrificada. El tío más grande en el centro del salón mirando de la forma más asquerosa posible a Silvia y el otro en el quicio de la puerta con el teléfono en la mano contemplando todo y pensando la respuesta para el bestia del otro.
Este relato puede herir sensibilidades, asegúrate antes de continuar leyendo.
